Algunas reflexiones sobre el Karate-Do

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL KARATE-DO

Ya hace más de medio siglo que las Artes Marciales llegaron a Occidente. Desde el arcaico Jiu-Jitsu, que algunos expertos japoneses de pequeña talla, fagas redondas, proverbial cortesía y pasmosa eficacia, que hacían rodar por los suelos de los cafés de variettes y salones de otoño parisinos a esforzados y bigotudos boxeadores, en medio de los aplausos y la admiración del , tout Paris hasta la técnica del karate en la alta competición de nuestros días, cierta evolución se ha evidenciado. Sin embargo no estamos todavía suficientemente preparados para estimar si esta evolución ha existido realmente y menos aún para juzgar si los cambios, las adaptaciones y la popularización han sido del todo positivas. No obstante, es posible que sea el momento de sentarse y reflexionar sobre los beneficios obtenidos, y por qué no decirlo, sobre los errores cometidos.

Las artes Marciales, y el karate en particular, han conocido una inusitada -quizá excesiva- difusión en los últimos tiempos. Este interés, en cierta forma desmedido por parte del público en general, debería ser motivo de meditación para unos, de escrupulosa observación para otros y de cierta inquietud para todos.

A pesar de nuestros arcaicos y efervescentes cimientos históricos y de las profundas raíces de nuestra cultura, los maestros japoneses que en un principio llegaron a Europa, estimaron inconveniente la divulgación del contexto filosófico, psicológico y espiritual del karate-do y, merced quizá a un sentido moral y ético (DO) del karate para exportar a Occidente, etiquetadas de autodefensa, ciertas disciplinas cuya eficacia real en el devenir de los tiempos se manifiesta por demás discutible. Estos primeros senseis, aventureros de la vida, creyeron -posiblemente de forma no del todo equivocada- que nosotros, los gaidjins, los extranjeros, estábamos en general poco preparados para comprender el significado último del karate-do, considerándonos excesivamente inmaduros para recibir un legado espiritual de tal magnitud.

Aún a riesgo de parecer pesimista, y tras una minuciosa observación del periplo del karate en los años transcurridos desde el primer desembarco japonés en aguas del Sena, debemos reconocer que, en gran parte, sus proféticas reflexiones se han verificado rigurosamente exactas. Cierto es que una minoría de bohemios, intelectuales y románticos, desde el principio se interesó por esos aspectos exóticos, misteriosos y atractivos que los maestros del karate se esforzaban en mantener escrupulosamente herméticos a los anhelantes y variables oídos occidentales. Los libros de Zen, Yoga, Macrobiótica y Filosofía Oriental llegaron para socorrer el ansia de trascendencia sin haber aportado una respuesta definitiva. Justo es decir, a favor de ciertos autores de reconocida seriedad y competencia, que esta investigación (que en gran medida confundió aún más a los karatekas amantes de lo misterioso) fue quizá excesivamente teórica, a falta de expertos cualificados que indicaran la forma de aplicarla a la técnica misma del karate.

Un célebre maestro japonés, recientemente fallecido, afirmaba para una revista especializada que el propio Funakoshi le perseguiría a través del paraíso de Amida por haber llevado a cabo ciertos cambios y adaptaciones en el arte del karate, el día en que ambos se reunieran de nuevo en el más allá... No podemos, sin embargo, dejar de estar eternamente agradecidos a éste y a otros muchos expertos y maestros que nos trajeron desde el país del sol naciente el arte de la mano vacía, aún a riesgo de que lo entendiéramos parcialmente, o que en el peor de los casos, lo desnaturalizáramos de su origen y fundamentos filosóficos.

Sin embargo, me atrevería a reprocharles seriamente su descuido, su olvido voluntario, su lamentable omisión...Si en verdad creyeron- y persisten aún en tal creencia- que estábamos poco o mal preparados para comprender el designio y la meta esencial del karate-do; que éramos un pueblo excesivamente belicoso (¡Qué ironía, tratándose precisamente de una creación japonesa!), ¿Por qué no intentaron seria y pacientemente hacernos comprender?, en su lugar, optaron por adaptar a nuestra mentalidad y a nuestras necesidades exteriores, una ciencia milenaria que hubiera sido infinitamente más valiosa para nuestros pueblos en su integridad, sin necesidad de despojarla de sus elevados conceptos espirituales y filosóficos, sin desnudarla de sus connotaciones trascendentales y místicas. Por el contrario, se dedicaron con notable éxito - a exportarnos un producto sintético, Made in Japan o, lo que es peor aún, trajeron a Occidente estériles y pueriles luchas de escuelas, de maestros y de métodos que bien hubieran hecho en intentar remediar en sus propios dojos. Guerras intestinas que, por desgracia, hicieron rápidamente partisanos y adeptos occidentales quienes, a decir verdad, jamás supieron del todo contra qué o contra quién estaban luchando.

El Maestro Gichin Funakishi, quien fue, como todos sabemos, nuestro padre espiritual en el sendero del karate, abogaba siempre a favor de la unidad de todas las escuelas y consideraba que las diferencias técnicas o de interpretación no deberían ser un obstáculo para la gran familia de los karatekas. Me pregunto si estaría suficientemente satisfecho por la labor realizada por sus seguidores y herederos más próximos, o si por el contrario se sentiría en verdad desolado por la dirección que ha tomado en los últimos tiempos.

Cuando este karate, que es para nosotros una forma de vida y para todos nosotros una razón más de vida, llegó a nuestro hemisferio, se decía que era un verdadero bálsamo para curar la violencia y crear la paz de los pueblos y de los hombres. Sí; es cierto que en Occidente aplicarnos el viejo método terapéutico de sacar un clavo con otro clavo, pero desgraciadamente, este singular sistema ha demostrado su ineficacia, ¡ siempre queda el segundo clavo ! En Oriente se dice que existe otro sistema más eficaz y, evidentemente, más meditado: Un caminante marcha por un sendero y una espina se clava en su pie. Coge otra espina de la misma zarza, extrae la anterior y se despoja de las dos. El dilema se establece cuando aparece el problema de liberarse del remedio y de la enfermedad a la vez. Podemos preguntarnos con justicia, ¿hemos sido capaces de despojarnos de esa segunda espina?, ¿Ha sido el karate un buen método para liberarnos de la agresividad, de la insatisfacción y del temor interior que es causa de la guerra individual y colectiva de los pueblos...? Un simple sondeo en la opinión pública sería más que suficiente para comprobar la idea general que la prensa, los medios de comunicación o los espectáculos han sembrado en el inconsciente colectivo de las masas y la opinión generalizada con respecto a esta fatídica pregunta. En general, la gran mayoría de los ciudadanos medios opinan que el karate es un deporte de combate, agresivo, violento y peligroso, y un simple estudio del código penal nos revelaría la categoría en la que somos emplazados los supuestos hombres superiores del karate.

¿ En qué nos hemos equivocado? ¿No hemos sido capaces de deshacernos de esa segunda espina que servía para extraer la anterior? ¿Ha comprobado usted, amigo lector, cuál es la reacción que provoca en su interlocutor, cuando éste se entera de que habla a un karateka? Esta reacción suele ser, por lo general, pueril, y si usted no tiene el tiempo necesario para darle las oportunas explicaciones -que, a decir verdad, a veces sonarán a autojustificaciones- comprobará que las gentes no lo verán como a un hombre pacífico o estable, sino en gran medida como a una bomba de relojería o un tigre, por fortuna bien alimentado.

Quiero finalizar estas primeras reflexiones, excesivamente resumidas, compartiendo con todos los karatekas que me lean, no una respuesta sino una pregunta: ¿Es el momento ya de retornar a los orígenes del karate-do, de comenzar a hablar de una karate para la Paz, que a falta del imperdonable olvido de aquellos maestros japoneses de los primeros años, sepa añadir a nuestro karate el legado moral, cultural y espiritual de nuestros pueblos de Occidente?

 

Autor: CARMELO H. RIOS

Publicado: KARATEKA

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