Mi primera lucha

Mi primera lucha

Parece una contradicción que se hable de Artes Marciales y al mismo tiempo  estemos  tratando de razonar sobre los caminos para llegar a la  paz.

No obstante  si leemos la filosofía de la mayor parte de los Maestros fundadores de estilos marciales, vamos a ver que ellos siempre hablan de paz, de amor, de armonía.

¿Cómo podemos entender esto?

 Un día del año 1959,  vino Raúl y me tiró la noticia “ la semana que viene comenzamos a aprender Judo y el profesor será un Japonés, Alfonso Fushimi”.  Hacia unos meses que Raúl Medina  (hoy 6° Dan de Judo, 6° Dan de Aikido y 4° Dan de Jiu Jitsu)   mi amigo y vecino de varios años estaba estudiando Profesorado de Educación Física  en el Gimnasio Provincial del Parque Sarmiento, Ciudad de Córdoba.

Nos pusimos de acuerdo para que los días que tenga Judo venga directamente a casa y me enseñe lo que aprendió ese día y así, con  cuatro colchones de por medio tirados en el patio, comencé con la práctica de ese deporte que hacía tiempo  deseaba realizar.

Con el transcurrir de algunas semanas,  logramos tener la posibilidad de practicar, los días domingo desde las 8 de la mañana,  en el Gimnasio Provincial y así transcurrieron mis  primeros pasos en el deporte que sería una de las actividades que le daría sentido a mi vida.

Luego de algunos meses de práctica, Raúl me trajo otra novedad  “dentro de dos semanas hay un torneo de novicios”.  Hoy, diría que había que ser muy irresponsable para entrar en un torneo,  con el aprendizaje,  el entrenamiento y fundamentalmente la manera “casera” en que por lo menos yo lo hacía, pero la idea de competir era más fuerte que  la coherencia en la toma de decisiones  y es así que llegado el día del Torneo,  me encontraba  en el 4° Piso del Jokey Club,  esperando me llamaran para mi primer combate.

Recuerdo que al ver que la mayoría de los judokas llevaban la toalla en el cuello, debajo de la solapa  del judogui,  yo también lo hice y comencé a estudiar a todos los novicios palpitando  cual sería el que me tocaría en turno. En aquel entonces no existían diferencias de peso y como yo no llegaba a los sesenta kilos me encontré que la mayoría eran más grandes y a algunos se los veía bastante fortachones.

Cuando escuche mi nombre para prepararme, vi que  otro judoka  también comenzó  a realizar movimientos de precalentamiento y deduje que ese debía ser mi contrincante,  enseguida lo sentí a mi padre, que me acompaño en toda mi carrera deportiva, decirme “cuídate que es más alto que vos y parece ser bastante fuerte”  detalles que estaban demás ya que lo había deducido  del recorrido visual que había hecho de su persona,  pero lo que si empecé a sentir fue que el corazón comenzó a palpitar con tanta fuerza que parecía que en cualquier momento se me salía del cuerpo.

Cuando nos lo indicaron,  me saqué la toalla del cuello y  subí al tatami (colchoneta) a esperar la orden de comenzar el combate, cuando esto ocurrió, hice lo que vi que hacían la mayoría de cinturones de mayor categoría, me abrí con las manos las solapas y estiré los brazos emitiendo  un pequeño kiai que salió como un gruñido al mismo tiempo que caminé hacia mi contrincante y tomando solapa izquierda y manga derecha  comencé a atacarlo con seoinague de tal forma y tantas veces que no le di tiempo para que el me ataque y como los dos éramos bastante nuevitos no teníamos ni idea de cómo realizar un contragolpe.

Cuando vi que mi ataque no daba resultado ya que era demasiado lento y no lo hacia con previo desequilibrio de mi contrincante hacia adelante,  al volver del último ataque fallido, lo hice pero aplicando un osotogari,  con lo que para mi sorpresa ya que fue sin hacer fuerza lo lleve al suelo, por efecto del mismo lance que realicé,  prácticamente caí reteniéndolo con un kesa gatame (teniéndolo de espaldas, con mi brazo derecho alrededor de su cuello y el izquierdo tirando de su manga derecha).

Fue tal la desesperación por no soltarlo,  o que no se me escape, que debido a mi ignorancia por lo poco o casi nada que sabía de Judo y la mejor forma de luchar, que con mi brazo derecho apreté  con todas mis fuerzas su cuello y al instante siento que su mano golpea reiteradamente mi espalda rindiéndose.

Cuando estábamos parados  uno en frente al otro, mientras el juez me señalaba como  el ganador y nos ordenaba que nos saludáramos inclinando la cabeza, pasaron por mi mente las practicas que realizábamos con Raúl en los colchones de casa,  luego del saludo avanzamos uno hacia el otro para darnos la mano  y en el momento de hacerlo recién le vi el cuello del que había sido mi adversario y allí me di cuenta que este seguía con la toalla puesta y entonces comprendí  dos cosas, porque había sido tan fácil  hacerlo rendirse…  y que mi adversario,  era tan nuevito en la acción de luchar,  como lo fui yo hasta momentos antes de iniciarse el torneo.   

 

 

ALFREDO EIMAN

6° DAN DE JUDO

4° DAN DE JIU JITSU