¿Perros peligrosos o dueños irresponsables?

 

¿PERROS PELIGROSOS O DUEÑOS IRRESPONSABLES?

La sociedad está alarmada por las noticias de agresiones producidas por perros desde hace unos años. Este ambiente de crispación suscita una serie de preguntas en la opinión pública, como: ¿por qué hay perros asesinos?

Los casos se han venido sucediendo de manera preocupante, no solamente en España, sino prácticamente en toda Europa y América. La intención de este artículo es intentar buscar el origen del problema, cuáles han sido las causas que han motivado esta agresividad en los animales para que sean catalogados como peligrosos o asesinos. ¿Por qué atacan al hombre?, ¿quién es responsable del ataque, el perro o el dueño?, ¿el ataque violento del animal puede estar producido por una enfermedad?

ORIGEN DEL PERRO

Actualmente hay unas cuarenta razas de cánidos y todas ellas pertenecen a la especie Canis familiaris. El enigma reside en si el perro doméstico es una versión domesticada de alguno de los cánidos salvajes, por ejemplo (la teoría más extendida), del lobo.

Esta teoría nos viene a decir que la gran variedad de razas de perros que existen sería el producto de la domesticación del lobo local de los distintos lugares de la Tierra (recordemos que hay 23 especies de lobos, sin contar las subespecies). Por ejemplo, el lobo asiático de pequeño porte posibilita la aparición de razas pequeñas como el pekinés, mientras que el europeo aporta su material genético para que surgieran las más grandes, como el gran danés.

Otra teoría menos popular, defendida por el investigador K. Lorenz, apunta como origen al chacal. Y una alternativa menos probable es la del zorro, por ser éste genéticamente incompatible con el perro, es decir, que no se pueden cruzar ambas especies.

Lo cierto es que la primera criatura con apariencia de perro es el cynodictis, un animal parecido a la mangosta, con un largo hocico, que apareció sobre la Tierra durante el período Oligoceno. Otra criatura semejante a los cánidos es el tomarctus, que evolucionó durante el periodo Mioceno, hace 24 millones de años. Tan sólo hace dos millones de años aparece el Canis etruscus, que evoluciona convirtiéndose en Canis lupus o lobo aproximadamente hace trescientos mil años (las fechas varían con cada nuevo descubrimiento), y en otro más pequeño conocido como Canis cypio, ancestro del coyote y del chacal contemporáneo.

Los restos de esqueletos de perros más antiguos que se han descubierto tienen una antigüedad de 25.000 años aproximadamente, y aparecen inmediatamente después del hombre de Cro-Magnon.

Entre las razas más antiguas de perros nos encontramos a los spitz y a otro de talla gigantesca, conseguido gracias a la selección, con una cabeza enorme, un hocico corto y potente, huesos grandes y muy fuertes. Eran los primeros ejemplares de tipo molosoide, y hacen su aparición en distintos lugares de Oriente. Destacan por su fuerza y valentía. De ellos desciende el más antiguo mastín tibetano, que muchos consideran el antepasado de los mastines actuales.

La más antigua representación conocida de un perro tipo mastín es un bajorrelieve asirio que se remonta al año 4000 a.C., en el que se aprecia un soldado sujetando un collar de un perro colosal, un moloso de Epiro. Se cree que fueron los fenicios, alrededor del siglo VI a.C., quienes introdujeron en Occidente los molosos orientales.

En los bajorrelieves de Egipto, hacia la V dinastía, vemos representaciones de lebreles y dogos. En tiempos de los romanos existían ya la mayoría de las razas de perros actuales. En pinturas murales descubiertas en Herculano se puede apreciar a perros haciendo de lazarillos para personas ciegas y mayores.

Llegados a este punto nos preguntamos qué indujo al hombre a domesticar al can salvaje. La teoría del lobo como origen del perro sigue sin estar suficientemente argumentada, sobre todo respecto a los motivos que inducen al hombre a domesticar al lobo.

Esta supuesta domesticación le provoca al lobo una serie de cambios morfológicos y de comportamiento (psicológicos), como por ejemplo la disminución del tamaño (aunque el gran danés sea más grande que un lobo, también desciende de él), los ladridos y hasta gemidos, los ojos, que dejan de mirar hacia los lados para hacerlo hacia delante; hay cambios en el tipo y color del pelaje, etc. Sin embargo, hay zoólogos que piensan que la domesticación no tiene por qué introducir cambios morfológicos.

Domesticar proviene del latín domus, que significa casa, o más concretamente dominio. La domesticación es el proceso por el cual se reproducen animales y plantas de forma controlada por el hombre. Una definición más exhaustiva es la expuesta por Price (1984), según el cual la domesticación es un proceso mediante el cual una población animal se adapta al hombre y a una situación de cautividad a través de una serie de modificaciones genéticas que suceden en el curso de generaciones y a través de una serie de procesos de adaptación producidos por el ambiente y repetidos por generaciones.

El primer animal domesticado por el hombre ha sido el perro, el Canis familiaris, entre 14.000 y 12.000 años a.C. Dicha domesticación comienza en Norteamérica para difundirse posteriormente por Europa y Asia. Pero cuando el cazador se convierte en agricultor sedentario necesita de la domesticación de otros animales, que inicialmente fueron pequeños rumiantes (cabras, 8000 a.C.), para más adelante llegar a los ovinos y bovinos, ambos sobre el 7200 a.C. Los caballos comienzan a domesticarse hacia el 4000 a.C. Entre el 3000 y 2000 a.C. se incorpora el gato, el cual, al parecer, tuvo su origen en Egipto y su misión fue la de mantener limpias de ratones las viviendas y templos. La forma doméstica del pollo tuvo su origen en Asia en torno al 2000 a.C. a partir del Gallus gallus, al que siguieron todas las aves de corral. En cuanto al conejo, se sabe que estos animales fueron criados en cautividad por los romanos ya en el siglo I a.C.

EL PERRO DE GUERRA

Quizás la agresividad de algunas razas de perros tenga su origen en el uso que se hizo de ellos y en el entrenamiento para combatir en las guerras, acompañando al hombre como un soldado más.

Los egipcios, sumerios, persas, macedonios, romanos y los españoles en la conquista de América, utilizaron perros para hacer la guerra, aunque no siempre se emplearon de igual forma. Alejandro Magno utilizó los perros como transporte, cargándolos con armamento y alimentos; según los historiadores, el cánido del que se sirvió fue el dogo del Tíbet. Sin embargo, los romanos los convirtieron en un arma. Los cubrían de cuero y por medio de un recipiente con fuego esparcían éste último tras las líneas enemigas provocando terribles incendios. También se les colocaban unas corazas con cuchillas que inferían profundos cortes tanto a hombres como a bestias al correr entre sus pies. Los perros utilizados por las legiones romanas eran los antepasados del actual rottweiler. Pero lo más habitual es que atacaran al enemigo mordiendo y despedazando, para lo cual habían sido entrenados.

En la Primera Guerra Mundial también se utilizó el perro. Los aliados llegaron a movilizar 15.000 canes, de los cuales el 35% causaron baja. En la Segunda Guerra Mundial los alemanes utilizaron 6.000 perros adiestrados, principalmente lulús de Pomerania como agentes de enlace o centinelas, y pastores alemanes, doberman y rotweiler como guardas. Los belgas utilizaron los perros para el tiro, como Alejandro Magno, arrastrando unos carros especiales en los cuales iba montada una ametralladora. Para tal menester eligieron mastines belgas.

El origen del perro de guerra debe buscarse en alguna parte del Tíbet o en el norte de la India, donde nació el primer prototipo del moloso, padre de todos los perros grandes tipo mastín y San Bernardo. La cría selectiva de los más feroces y agresivos hizo que fueran destinados para la guerra y el combate.

El moloso de guerra se extendió desde el Himalaya hasta los Pirineos, toda Asia Menor y China. En la Edad Media occidental, los molosos fueron conocidos en toda Europa con el nombre de “alaunt” o “alain”, que probablemente derive de los nómadas alanos.

Un desfile en Alejandría del faraón Ptolomeo II desplegó un regimiento de 2.400 perros de guerra. Estos molosos, descritos como grandes perros, del tamaño de burros, fieros como leones, eran llevados por varios soldados a la vez, reteniéndolos con cadenas y collares especiales.

En Roma, el perro moloso se hizo popular no solo en el ejército, sino también en la arena de los circos, luchando a muerte contra osos, leones y hombres armados. Su coraje y ferocidad en el combate hasta la muerte eran legendarios.

Algunos textos sugieren que sólo los instructores podían cuidar y alimentar los perros de guerra. Por supuesto, comían carne cruda, y algunos autores sostienen que además de la de cervatillo se los alimentaba con carne de león. De hecho, existían cazadores especiales para la tropa canina. Liberados en el campo de batalla, los perros de guerra corrían entre las filas enemigas abalanzándose y atacando con ferocidad a hombres y caballos, y hasta las tiendas eran frecuentemente destrozadas a dentelladas.

SOLUCIÓN: ¿LA LEY DE PERROS PELIGROSOS?

Hemos visto a lo largo de esta exposición que su agresividad no proviene de su origen lobuno. Tampoco procede de las razas ancestrales de guerra y pelea, pues hay otras razas no utilizadas nunca para estos menesteres y que ahora son objeto de problema, como por ejemplo, el pastor alemán, pastor belga o el akita inu. Según los expertos, la mayor parte de estos ataques tienen su explicación en el adiestramiento recibido y en el ambiente psicológico y emocional donde el perro es criado.

¿Sirve de algo la legislación vigente sobre razas peligrosas? Evidentemente es una solución, pero incompleta. Según dicha ley, hay una serie de razas de perros que son consideradas peligrosas por su agresividad. Estas razas son ocho aproximadamente, y destacan los pit bull americanos, mastines, el fila brasileño, los dogos, y el perro de presa canario. En algunas Comunidades Autónomas como la valenciana, llegan a las 18, pues las Comunidades Autónomas tienen potestad para introducir los cambios que consideren oportunos. Quien quiera poseer un perro de estas características tiene que sacarse un permiso especial llamado licencia administrativa para la tenencia de animales potencialmente peligrosos. El perro tiene que estar censado en el Ayuntamiento de su ciudad y tener colocado el microchip identificador, y el dueño tiene que pasar unos tests psicológicos, presentar un certificado de penales, un seguro de responsabilidad civil por daños a terceros con una cobertura igual o superior a 120.202,42 € y últimamente han incorporado pruebas físicas para ver si el dueño es capaz de controlar al perro.

Esto servirá para el escaso 20% que tiene a sus perros en regla. El problema es el otro 80% de los perros. Según el Gremio de Comerciantes de Animales, las ventas de estos “animales peligrosos” se realizan en el mercado negro, sin ningún tipo de control. En palabras del portavoz de esta asociación, Alfonso Beleña, los ataques de perros a personas no se producen por enfermedad del animal, sino que en el 70% de los casos son factores ambientales, como la falta de control o la cría indiscriminada, los que convierten al animal en potencialmente peligroso. El comportamiento agresivo que demuestran algunos animales no responde a determinadas razas, sino a una educación inadecuada en la que tienen una influencia importante los criadores ilegales, donde los cachorros son separados de sus madres antes de tiempo sin aprender a convivir con otros animales y personas.

¿Qué es lo que se podría hacer para completar la citada ley? En primer lugar informar a la persona que va a adquirir un perro de que existen diferentes clases de perros y que unos se pueden tener en las casas y en otros casos no es nada recomendable. La gran mayoría lo que quiere es una mascota. Hoy, debido a la mala información y a las modas pasajeras, se están utilizando como mascotas otro tipo de perros como los de guarda, presa o trabajo, mencionados a lo largo de este artículo.

Por otro lado, también están de moda los perros exóticos de razas polares (de trabajo) como el alaska malamute, el husky siberiano, el samoyedo o el San Bernardo, cuyo hábitat está por debajo de los 0º C, y los tenemos en nuestras ciudades a 40ºC a la sombra, con el consiguiente daño que les causamos ya que no han nacido para vivir en estas latitudes.

En segundo lugar, se debería perseguir el adiestramiento incontrolado y las peleas de perros; en tercer lugar, erradicar el mercado negro de perros. En cuarto lugar, la legislación debería ir encaminada a impulsar la posesión responsable de perros, como recientemente han hecho los estados de California y Nueva York, donde el dueño del perro es el responsable de los actos de éstos, y donde una muerte ocasionada por un perro puede acarrear para su dueño hasta 15 años de cárcel. Tampoco estaría mal la remodelación de la figura de la “perrera municipal”, dotándola de lectores de microchips y haciendo que patrullasen por parques y jardines en las ciudades, así como por urbanizaciones y zonas residenciales, comprobando que todos los “perros peligrosos” que se encuentren cumplen las directrices legales.

CANES DE GUERRA

En el Antiguo Egipto solían tener por nombre un número: El Quinto, El Sexto, etc. La misma costumbre tenían en la antigua Roma, lo que recordaba la prioridad de nacimiento de la camada. Pero si se distinguían en el combate, se les asignaba un apodo honorífico, tal como “Segundo, el Valeroso”. Para poder controlar a estos animales se les conducía mediante el collar de ahorque de origen etrusco, pero en la guardia de templos y palacios, al igual que durante las batallas, se les ponían collares con pinchos (en Roma y Pompeya llamados colleras de pugna o carlancas), e inclusive, placas laterales de cuero y metal, lomeras en serrucho y casquetes, para así protegerles de picas y flechazos.

¿AGRESIVIDAD NATURAL?

No existe una predisposición natural en el perro que tienda a enfrentarse a otro de su misma especie a muerte, ni tan siquiera en los lobos. Esto sólo lo hace el hombre y se lo transmite al perro mediante un férreo adiestramiento basado en el dolor y el miedo del animal. Y es que cualquier raza con el entrenamiento adecuado puede convertirse en una “máquina de matar”. La agresividad es un carácter individual que está presente en cualquier tipo de perro, independientemente de su raza, y que se puede moldear. El problema no es el perro, sino el hombre; aquellos entrenadores sin ningún escrúpulo moral ni ético y aquellos dueños que no saben qué tipo de perro han adquirido.

 

Autor: Juan Enrique Ferrer

Publicado: Revista Esfinge

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