Internacional de Tiro decidieron
que, ya que las tiradoras son pocas, se podía hacerlas competir entre
ellas, sin enfrentarlas a hombres. Que las mujeres puedan ser mejores
tiradoras que los hombres no fue tenido en cuenta. El caso de Zhan Shang
no es único. Durante los últimos años, las mujeres han conseguido reducir
la diferencia de rendimiento deportivo con los hombres, llegando incluso a
obtener en algunas disciplinas supremacía. No se trata sólamente de
deportes como el baile de salón, la gimnasia y el patinaje artístico, que
favorecen el ritmo, el balance y la sincronización (cualidades físicas
típicamente femeninas). Parece también que las mujeres cabalgan y disparan
mejor que los hombres. En otras palabras, son mejores cazadoras. Las
Amazonas han vuelto, y esta vez para siempre.
La discriminación sexual es un fenómeno social indeseable. Es injusto e
irracional. Hace que las mujeres sean tratadas de manera diferente a los
hombres sólo porque son mujeres. Y priva además a la sociedad del aporte
valioso que las mujeres son capaces de ofrecer a la construcción de la
sociedad. Por esas razones, hoy se procura integrar a los sexos en la vida
laboral. Sin embargo, existe un área profesional donde la segregación
sexual no es cuestionada: el deporte de élite. A las mujeres no se les
permite medir sus fuerzas con los atletas masculinos. Se les priva así de
mayores premios y cobertura mediática. Como tal, es éste un fenómeno
extraño. ¿Por qué no han de estar abiertas todas las disciplinas
deportivas a todos los participantes, sea cual sea su sexo?
El Argumento Conservador
La segregación sexual en el deporte es sustentada desde posiciones
ideológicas radicalmente diversas. Tanto conservadores clásicos como
filosófos feministas se oponen a la idea de competencias deportivas
mixtas.
La posición conservadora afirma que las competencias deportivas mixtas son
dañinas para las mujeres, debido a que:
(1) contribuyen a la "defeminización" de las mujeres, al desarrollar las
atletas una musculatura y una fuerza física que se asemejan a las de los
hombres; y
(2) generan riesgos de salud para las atletas femeninas, que se ven
obligadas a someterse a esfuerzos físicos enormes para alcanzar el mismo
rendimiento que los hombres.
El argumento de la defeminización es claramente sexista. Aunque de manera
velada, dice simplemente que las mujeres no deben competir con los
deportistas masculinos porque, de hacerlo, serán menos atractivas a los
ojos de los hombres. ¿De todos los hombres? ¿De algunos? Es un hecho que
no todos los hombres piensan así. Además, lo que es aún más importante, a
algunas mujeres no les importaría. ¿No deberían entonces poder desarrollar
el físico que quisieran?
Además, el entrenamiento riguroso también es un riesgo de salud para los
hombres. Es sin duda irracional invertir tanta energía y esfuerzo para
obtener un alto rendimiento deportivo. No sólo la salud, sino también la
vida social del deportista es afectada negativamente. Los atletas, de la
misma manera que otros profesionales, deberían valorar otros aspectos de
la vida, además del dinero y el éxito laboral. Pero no existe razón válida
alguna para prohibir a las mujeres tomar las mismas decisiones
irracionales que los hombres. En una democracia, los ciudadanos,
cualquiera sea su sexo, deben tener el derecho a decidir libremente qué
sacrificios realizar en su profesión. El argumento sobre los riesgos de
salud es, en otras palabras, discriminatorio.
El Argumento Feminista
Los argumentos más interesantes en favor de la segregación sexual en el
deporte han sido proporcionados por la posición feminista. Son los
siguientes:
(a) la abolición de la segregación sexual destruye el deporte femenino, ya
que las mejores deportistas pasan a competir en las competencias mixtas;
(b) el empobrecimiento del deporte femenino conduce a una distribución aún
más desigual de premios y reconocimiento público en el deporte.
Ambos argumentos tienen un viso de verdad y son suficientes para refutar
una propuesta más radical consistente en - con el fín de obtener la
equidad sexual - abolir todas las divisiones sexuales en el deporte
inmediatamente. Las atletas femeninas se someten hoy a un entrenamiento
riguroso y a los mismos sacrificios que los atletas varones. A pesar de
eso, existe todavía en muchas ramas deportivas un marcado abismo en el
rendimiento de un sexo y otro. Según algunos, la segregación sexual se
necesita entonces - a semejanza de las categorías de peso y edad - para
garantizar una relativa igualdad en las condiciones de competencia. La
propuesta radical no toma en consideración ese brecha de prestación y
trata a los deportistas de ambos sexos como si ya tuvieran la misma
capacidad física. Esa es una política injusta: en una sociedad patriarcal,
las obligaciones familiares de las mujeres las privan de la posibilidad de
dedicarse de lleno a una carrera deportiva. Los escasos recursos
invertidos en el deporte femenino contribuyen también a cementar esa
situación de inferioridad.
Pero la propuesta radical es contra productiva sobre todo para la equidad
genérica. En ciertas disciplinas (por ejemplo, deportes de fuerza y
velocidad), las competencias mixtas obligarían a las mujeres a competir
con los hombres en condiciones de inferioridad. La integración sexual
haría entonces perder a las mujeres la motivación a participar en las
ramas dominadas por los hombres. Los deportes en los cuales la fuerza
física, la velocidad y la masa muscular juegan un rol decisivo se verían
confirmados como reductos inexpugnables de la masculinidad, prácticamente
sin ninguna participación femenina. El vencido raramente se convierte en
modelo social. Las mujeres - salvo contadas excepciones - serían entonces
vistas como inferiores a los hombres.
¿Se debe, entonces, preservar la segregación sexual reinante en el deporte
de élite? También sería un error. La lucha por la equidad genérica
requiere modelos sociales, sobre todo para la juventud, en todas los
ámbitos de la sociedad, incluido el deporte. Vencer en "competencias
protegidas" no contribuye a crear ningún modelo social: el vencedor es
sólo el mejor entre los peores. Y tampoco sería conveniente otorgar más
dinero en premios a las deportistas mujeres. Es un hecho que las
disciplinas en las cuales los hombres prevalecen todavía son más valoradas
en el mercado. Muchas personas considerarían injustificado perturbar los
mecanismos de mercado en el deporte de élite. Si las habilidades de
Michael Jordan despiertan mayor interés en el público y en los anunciantes
que, por ejemplo, la destreza de las hermanitas Williams, ¿con qué derecho
podemos interferir en ese proceso y darle a ellas parte del dinero ganado
por él?
La filósofa del deporte norteamericana Jane English intentó responder a
esa cuestión ya a finales de la década del 70. En un artículo pionero,
English argumentó en favor de reconocer a las mujeres deportistas los
mismos premios, recompensas y reconocimiento que a los deportistas
masculinos. Para eso - afirmaba - se requiere sin embargo que
sacrifiquemos la ambición de integrar los sexos en el deporte de élite.
English distingue entre lo que ella llama "beneficios básicos" y
"beneficios escasos" del deporte. Los primeros consisten por ejemplo en
salud, diversión, la satisfacción de alcanzar una meta, experimentar la
sensación de comunidad. Según English, esos beneficios deben estar
abiertos a todos, sin distinción de sexo, raza o clase social. Los
beneficios escasos del deporte, en cambio, están reservados a unos pocos.
Ejemplos de tales beneficios son, por ejemplo, dinero, fama y cobertura
mediática. Pero aún tales beneficios deben, según English, poder ser
disfrutados por las deportistas de élite en la misma extensión que sus
colegas masculinos. De no ser así, afirma, se afecta la autoestima de
todas las mujeres.
La propuesta de English debe ser descartada. Primeramente, es
discriminatoria contra las deportistas que ya superan a los hombres. ¿Por
qué no podrían, por ejemplo, las tiradoras competir con los hombres y
vencerlos, y cosechar así mayores premios y atención mediática?
En segundo lugar, la propuesta de English no toma en cuenta las
posibilidades que ya, sin necesidad de cambios drásticos, nos ofrece el
deporte. ¿Por qué no aplicar el mismo modelo vigente en el tenis, con
dobles mixtos, en otros deportes, formando por ejemplo equipos de fútbol
compuestos por hombres y mujeres? El programa feminista adolece de falta
de fantasía para corregir la discriminación sexual en el deporte.
Es también cuestionable que la autoestima de todas las mujeres sea
afectada por el hecho de que las deportistas reciben recompensas menores
que sus colegas varones. No olvidemos que el nivel de prestación deportiva
de las mujeres - y por lo tanto su valor de mercado - todavía es menor que
el de los hombres. English parece presuponer en su razonamiento que las
mujeres son incapaces de percatarse de este hecho. Ser menos recompensado
que otros por la misma prestación es, sin duda, discriminatorio y
humillante. Recibir menos recompensa cuando la prestación de uno es
inferior a la de otros, sin embargo, no necesariamente produce un
sentimiento de humillación. La posición feminista subestima la capacidad
de las mujeres de realizar juicios maduros y balanceados sobre la
situación del mercado.
La propuesta de English también es nefasta para la causa de la equidad
genérica. La conciencia de ser arbitrariamente favorecido puede actuar
negativamente en la autoestima de un individuo. Se podrían reforzar
también prejuicios difundidos en la opinión pública acerca de la necesidad
de protección de las mujeres, si las estrellas del deporte femeninas
obtuvieran una parte desproporcionada de dinero y reconocimiento.
Por último, la posición feminista también es estática en la cuestión de
los roles genéricos. Al mantener la segregación sexual, consolida el
monopolio masculino sobre la fuerza física, ya que las mujeres son
exhortadas a renunciar a participar en las ramas deportivas
tradicionalmente masculinas. La equidad genérica exige no sólo que las
mujeres sean socialmente equiparadas a los hombres, sino que posean
también fortaleza física. Muchas prácticas abusivas - como la violencia
sexual y familiar - serían entonces más difíciles de implementar.
¿Distribución según el mercado?
Pero, se podría objetar, ¿por qué aceptar la distribución sancionada por
el mercado como válida? ¿No se podrían asignar los beneficios escasos del
deporte según otro esquema distributivo? Quitarles beneficios a las
estrellas del deporte masculinas para dárselos a sus colegas mujeres exige
perturbar los mecanismos del mercado. Aún cuando esos mecanismos reflejen
el valor real de la prestación personal, a veces consideramos razonable
redistribuir.
Una alternativa sería redistribuir los beneficios según un esquema
socialista. El concepto de "necesidad" es central entonces. Ciertas
transferencias de recursos son justificadas cuando se hacen con el
objetivo de satisfacer distintas necesidades de los grupos sociales
desfavorecidos.
Las estrellas del deporte femenino no se ajustan a esa descripción. A
pesar de las diferencias de ingresos con sus colegas masculinos, las
deportistas femeninas de élite gozan de una posición privilegiada en la
sociedad. ¿Es realmente razonable interferir en los mecanismos de mercado
para mejorar aún más la situación de un grupo favorecido?
Otro esquema de distribución a considerar (de corte más liberal) es el
principio "maximin" de John Rawls. Establece que una distribución de
recursos es justa si conduce a favorecer la situación de los menos
favorecidos, aún cuando ésto profundize la brecha de riqueza entre pobres
y ricos. Para muchos, el principio de distribución rawlsiano debe estar a
la base de la sociedad de bienestar.
El principio "maximin" tampoco puede ser aplicado al deporte de élite. Las
estrellas deportistas femeninas no son el grupo menos favorecido, ni en la
sociedad ni en el colectivo de deportistas. En la sociedad, ya hemos
visto, son privilegiadas. Si nos limitamos al mundo del deporte, el
principio de Rawls recomienda en tal caso que tranfiramos recursos de las
estrellas deportivas (tanto hombres como mujeres) a los deportistas
aficionados y a otros practicantes del deporte que carecen de recursos (es
decir, los realmente menos favorecidos).
La aplicación de estos diversos principios de justicia al área del deporte
refuerza una intuición que muchos de nosotros tenemos: no hay nada malo en
dejar que los beneficios y recompensas en el interior de un grupo
privilegiado de la sociedad sean distribuidos según los dictados del
mercado. Sólo en relación a grupos socialmente desfavorecidos es razonable
interferir en sus mecanismos.
Programa para un Deporte con Equidad Genérica
Los argumentos anteriores pueden resumirse en términos de un programa para
un deporte genéricamente equitativo, consistente en los siguientes puntos:
· Contrariamente a la propuesta radical, la segregación sexual debe ser
mantenida durante cierto período de tiempo en todas las disciplinas
deportivas en las que las mujeres aún tengan un rendimiento inferior.
· En una perspectiva de tiempo más prolongada, sin embargo, todas las
competencias deben ser integradas sexualmente. Para eso se requieren
competencias mixtas en el deporte infantil y en la educación física
escolar. Las diferencias fisiológicas relevantes para la prestación
deportiva entre niños y niñas se manifiestan recién en los últimos años de
la escuela primaria. Convenientemente alentadas, no hay razón para que las
jóvenes adolescentes estén peor equipadas que los jóvenes para practicar
deporte. Compartiendo la responsabilidad por la atención del hogar y el
cuidado de los hijos, esa igualdad debería seguir manteniéndose en la edad
madura.
Se debe entonces distinguir la reivindicación por la equidad genérica en
el deporte de élite, y en el resto de la sociedad. La demanda de igual
salario por igual trabajo debe ser satisfecha inmediatamente, porque las
mujeres ya han alcanzado el mismo rendimiento laboral que los hombres.
Éste no ocurre en el deporte de élite. Recién cuando las deportistas
alcancen resultados similares a los de los hombres puede ser efectivo
redistribuir premios y reconocimiento en el deporte de élite. Los deportes
más populares, los que otorgan mayores recompensas económicas, son
aquellos que requieren fuerza física. La superación del monopolio
masculino sobre la fuerza es, por lo tanto, un paso importante en vías de
un deporte genéricamente equitativo. Más que bailarinas y gimnastas
gráciles y rítmicas, lo que el mundo del deporte - y el resto de la
sociedad - necesitan son Amazonas poderosas que derroten a los hombres en
sus propios dominios.
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